sábado, 24 de enero de 2009

Sábado, 24 de Enero

Antes de entrar en el templo de Airemi, a pocos metros de la puerta principal, hay como una antesala, una especie de pequeño recibidor, lo más parecido a una habitación de paredes azules o amarillas (depende de la iluminación del momento) en la que gracias a una esmerada decoración predominan la belleza y la sensualidad, las caricias y los besos, el deseo contenido de dos cuerpos (el mío y el de ella) que se aman y se quieren sin fisuras, de verdad, abiertamente, por encima de todas las cosas, más allá de sí mismos, desnudos, muy juntos el uno del otro, pegada una piel con la otra, como si fuera la misma piel, dejando que sean mis manos y las suyas, sus labios y los míos, los que en un acto de generosidad sin precedentes se busquen y se encuentren y vuelvan a buscarse y a encontrarse mientras su lengua y mi lengua, las dos lenguas, se hablan y se reconocen y se gustan y se prueban y viajan a través de ella y a través de mí, recorriendo su cuerpo y el mío, limpiando de impurezas su alma y la mía, siendo los dos cuatro manos y dos bocas que se muerden y se comen y se limpian y se vuelven a besar en un acto de amor infinito e intenso mientras mis dedos la vuelven del revés y la hacen reir y llorar y sus manos me hacen reir y llorar y creer en todo lo que no es creíble, en todo aquello que siempre me había negado a creer, y cuando finalmente la diosa Airemi da órdenes de que se me abran las puertas del templo y guiado por sus certeras indicaciones entro en él y veo cómo me recibe con toda su belleza y esplendor desplegados sólo para mí, entonces, en ese momento, justo en ese preciso instante, te das cuenta de que por muchos diccionarios que hayas manejado y por muchos libros que hayas leído nunca, nunca tendrás palabras suficientes para expresar lo que estás sintiendo en esa máxima culminación del deseo y del amor más auténtico. Más tarde. El otro día Manuel Tintoré me confesó que una de las muertes que más dolor le ha causado fue la de Julio Cortázar. Leyendo sus novelas, sus cuentos, adentrándose en su manera tan lúdica de ver la realidad, llegó a conocerlo tan bien y a respetarlo y a admirarlo tanto que todavía hoy se emociona cuando habla sobre él y recita de memoria párrafos enteros de Rayuela, la novela por excelencia, la más original, inteligente y divertida según su opinión.

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