sábado 31 de diciembre de 2011

Oy, ultimo dia del año, el escriba que tengo contratado para que me redacte las entradas a tenido que hausentarse de palacio por motibos personales, así que no tengo más remedio que sentarme yo ante la pantalla del ordenador para dar cuenta del post correspondiente al dia de oy; bamos ayá: oy no he salido a correr, es mi dia de descanso; vueno, ya esta; perdonar la pobre redaccion y las posibles faltas de ortografia; las vuenas costumbres se ban olbidando; es lo que tiene el delegar funciones, que con el tiempo todo se pierde; mañana ya estara de buelta el fariseo y todo bolvera a la normalidad, aunque siendo el visir mayor del reino, con toda la oposicion enterrada bajo tierra o encerrada en las mazmorras, bien podría instaurar unas nuevas leyes ortográficas; ya veremos; la verdad es que no me desagrada la idea, tendré que estudiarlo con mas detenimiento.

viernes 30 de diciembre de 2011

Si tuviera que destacar algo del entreno de hoy sería el hecho fortuito de que subiendo por la Vía Layetana, faltando cinco minutos para terminar, me he llevado por delante a una turista japonesa; todavía no me explico por dónde ha salido ni de qué manera se ha puesto delante de mí, pero lo cierto del caso es que empujado por la inercia de la carrera (llevaba un ritmo molto vivacce), y sin poder hacer nada para esquivarla, me la he comido materialmente, vamos, que me la he tragado entera; no he podido hacer otra cosa, ha aparecido de repente, surgida de dios sabe dónde y cuando he querido darme cuenta, por un puro instinto de superviviencia, mis dos brazos han cogido los suyos y durante unos segundos hemos estado haciendo el tonto en una especie de baile absurdo y desordenado cuya única finalidad era mantenernos en pie y no caernos al suelo; al final todo ha quedado en un susto, más bien ha sido un sobresalto, y después de las disculpas de rigor cada uno ha seguido su camino; ella no sé adónde y yo a casa, a estirar los músculos y a ducharme; por cierto, hoy he repetido el entreno de ayer, es decir cuarenta minutos+tres cambios de diez minutos recuperando tres y diez minutos más de regreso; en total, de puta madre; mi vida y mi estado de ánimo, así como mi cuerpo y mi cabeza, siguen todos ellos estabilizados en un estado que podríamos denominar normal tirando a alto, sin fisuras y en un equilibrio más que aceptable; sé por experiencia que esto no va a durar eternamente, que el día menos pensado, cuando menos me lo espere y sin que pueda hacer nada para evitarlo, se reventará la burbuja, para utilizar una expresión al uso, y empezarán las desavenencias, las dudas, las fricciones, las peleas, y ese otro yo que habita conmigo porque no tiene dónde caerse muerto se despertará cuando le venga en gana, no tiene horario fijo, y sólo para tocarme los cojones, perdón por la expresión, pero es así, me apartará, tomará el mando, me arrinconará de mala manera y me obligará a  cuestionarme hasta la manera de respirar y a plantearme la utilidad de mi propia persona y de la vida que llevo; pero estoy preparado; sólo espero que cuando llegue ese momento siga corriendo como lo estoy  haciendo ahora, con ganas y divirtiéndome; el correr es mi máximo aliado, el único; si lo tengo a él lo tengo todo y me convierto en un ser indestructible.


jueves 29 de diciembre de 2011

Cuando esta tarde he terminado de correr (hoy tocaban tres cambios de diez minutos aparte del calentamiento y del enfriamiento de rigor) me he sentido tan pleno y tan lleno y con tantas  ganas de ponerme a cantar a grito pelado que por un momento he pensado que no debo estar muy bien de la cabeza, que algún enlace en mis conexiones cerebrales debe andar suelto o que con el paso de los años voy perdiendo la ecuanimidad y la sensatez; tengo cincuenta y cuatro años y casi cada día, cuando doy por finalizado el entreno, me siento fuera de mí e incapaz de controlarme, dominado por la euforia, con las dosis de inconsciencia necesarias como para poder acometer la más osada de las aventuras, como por ejemplo comerme al mundo de un solo bocado o ir a rescatar, sólo armado con mis propias manos, a la princesa que está retenida bajo las fauces del dragón, y lo más seguro es que lo vencería, no me llevaría más de cinco minutos, lo reduciría a su mínima expresión con un solo y certero movimiento y lo dejaría en el más bochornoso de los ridículos, no porque me hubiera bebido la pócima preparada por un pueblo galo de la antiguedad, sino porque es tanta la confianza en uno mismo cuando hemos corrido bien y a gusto, tanta la autoestima cuando nos hemos esforzado en un cambio de ritmo y tanta la fuerza interior que se multiplica por mil cuando hemos llevado a cabo el entreno que teníamos previsto, que no hay nada ni nadie en este puñetero mundo que nos pueda parar e impedir que hagamos aquello que realmente deseemos hacer; cuando me veo a mí mismo apoyado en una farola, estirando los músculos, sudando en pleno invierno y vestido con mallas, camiseta de manga larga y guantes y un gorro en la cabeza, me digo que en condiciones normales no me atrevería a hacerlo; hay que estar muy pillado por los efectos alucinógenos del running para hacer lo que hacemos y encima estar contentos y repetirlo un día tras otro.

miércoles 28 de diciembre de 2011

Escenario: litoral de Barcelona; título de la película: Crónica de una corrida anunciada; escrita, dirigida y producida por: Manuel Tintoré; interpretada por: Manuel Tintoré; artista invitado: Manuel Tintoré; duración: noventa minutos; calificación: buena, tres estrellas; nacionalidad: catalano-española-argentina-francesa, una producción de Blogs Films Sociedad Anónima; sinopsis: exterior tarde, un hombre vestido de runner sale corriendo desde el hotel Vela en dirección al Fórum; durante los primeros treinta y cinco minutos su velocidad de crucero es constante sin ser excesiva; llegado al  minuto treinta y seis gira sobre sí  mismo e inicia el camino de regreso, variando ligeramente el ritmo; ahora corre como si estuviera estornudando o como si estuviera padeciendo un hipo espasmódico; durante un minuto corre muy deprisa (aquí habría que matizar qué significa muy deprisa) y al minuto siguiente lo hace más despacio y así lo sigue haciendo durante treinta y cinco minutos más, intercalando un minuto muy deprisa y otro minuto más despacio, muy deprisa y más despacio hasta que la cámara fija su imagen en un primer plano donde se ve al protagonista con evidentes signos de cansancio y de sudor a pesar de que la temperatura no es muy veraniega que digamos; dato: acabamos de entrar en el invierno y hace frío; movimiento liviano de la cámara; secuencia dos; plano general de la escena, abriéndose la panorámica: el mar Mediterráneo al fondo, evocador rumor de las olas, extras de todos los colores y tamaños paseando y montando en bicicleta, Barcelona iluminada con motivos navideños, lejano ruído de automóviles apenas perceptible y cuando recuperamos a nuestro protagonista lo vemos apoyado en una farola, realizando ejercicios de estiramiento muscular y con una sonrisa en los labios que le llega de oreja a oreja, señal inequívoca de que está contento y feliz (aquí sí que tendríamos que matizar, y mucho, el concepto de felicidad); última escena, la banda sonora de la película cobra todo el protagonismo, se apodera de la pantalla, acompaña a las últimas imágenes, despierta la emotividad de la mayoría de los espectadores, las lágrimas de más de uno están a punto de hacer acto de presencia y poco a poco, muy poco a poco, tan poco a poco que apenas hay movimiento, la cámara se va alejando de nuestro protagonista y lo va empequeñeciendo cada vez más, cada vez más pequeño hasta que finalmente desaparece y se funde y se pierde en la nada del fin; The End; los títulos de crédito a continuación; no hace falta  quedarse.

martes 27 de diciembre de 2011

Ayer por la noche mi primera y única intención era salir a correr a las cinco cuarenta y cinco de ésta mañana, pero cuando ha sonado el despertador he descubierto, entre asustado y sorprendido, que a pesar de todos mis esfuerzos no podía levantarme de la cama, no porque me sintiera cansado o tuviera más sueño, sino porque las sábanas y el edredón, en una alianza seguramente pactada  de antemano, como si durante el transcurso de la noche hubieran cobrado vida propia, no me lo han permitido de ninguna de las maneras, se han puesto de acuerdo y como si les hubieran surgidos brazos y piernas y otras extremidades de índole desconocida me han atenazado, sujetándome a la cama, presionándome con tanta fuerza que todos mis intentos por liberarme han resultado inútiles e infructuosos; he luchado, me he debatido, he intentado hasta la extenuación apartarlas de mí, las sábanas, pero cuanto más lo intentaba más pesadas se hacían, con más saña sentía la presión que ejercían sobre mí, con más destreza inmovilizaban mis piernas y mis brazos que no dejaban de moverse desesperada y desordenadamente, y la presión que ejercían sobre mi pecho me ha hecho pensar en lo peor, en una muerte por axfisia, por ejemplo; su peso era descomunal, como si en lugar de sábanas normales y corrrientes fueran bloques de cemento armado, la tapa de un ataúd de mármol o de un sarcófago antiguo, propio de los faraones del antiguo Egipto, que todavía es más hermético; ha sido una batalla desigual e injusta y al final no he tenido más remedio que rendirme y claudicar, y sólo cuando he admitido abiertamente mi impotencia, sólo cuando me he mostrado débil y he dejado de resistirme, entonces ha sido cuando me han liberado y me han dejado levantarme, pero ya era demasiado tarde, las siete y media, tenía que ir a trabajar y  lamentándolo mucho no me ha quedado más remedio que salir a correr por la  tarde, a las cinco en punto, después de currar; han sido dieciesiete kilómetros por el litoral de Barcelona, con siete cambios de ritmo de cinco minutos cada uno y a pesar de la mala experiencia vivida por la mañana las sensaciones después de haber terminado el entreno han sido muy buenas y la verdad es que me he sentido muy bien y en paz, el estado anímico idóneo como para poder perdonar, no tomar represalias y no cortar en mil pedazos las sábanas en cuestión.

lunes 26 de diciembre de 2011

Aprovechando que hoy ha sido fiesta en Barcelona me he despertado a la hora que tengo por costumbre hacerlo (no tengo remedio, soy un animal de costumbres), y amparándome en el hecho de que no tenía que ir a trabajar me he pegado el gustazo de hacerme el remolón, dejar pasar los minutos y cuando he salido a correr ya eran las ocho y media de la mañana; tenía ganas, el termómetro marcaba seis grados de temperatura, la ciudad estaba vacía, desconocida, sin coches, sin ruído, sin nadie en las calles; era como una imagen distorsionada de la realidad, la escena de una película que nunca se hubiera rodado, un mundo perfecto en el que el ser humano, el menos humano de los seres, brilla por su ausencia; ojalá estuviera siempre así y no estuviéramos tan inmersos en la mediocridad y fuéramos un poco más humildes y modestos y valorásemos al prójimo más por lo que es cuando está solo que por lo que tiene y por lo que dice cuando está en compañía; pero bueno, vamos a lo que vamos; por regla general siempre tengo claro lo que voy a hacer antes de salir a correr, pero hoy no; ni me apetecía un rodaje continuo de muchos kilómetros (tirada larga), ni setenta y cinco minutos de carrera continua intercalando cambios de ritmo, que es lo que vengo haciendo últimamente, incluyendo los primeros de calentamiento y los últimos de enfriamiento; así que he dejado que fueran mis piernas las que marcaran el rumbo a seguir sin interferir para nada en sus decisiones y cuando he querido darme cuenta ya estaba en dirección al parque de atracciones del Tibidabo, la montaña más alta de la Sierra de Collserola, situada a 512m de altitud y desde cuya cima puede contemplarse el desolador paisaje de una ciudad superpoblada, atiborrada de cemento e inhóspita como la gran mayoría de las ciudades de este planeta que poco a poco se dirige sin remedio a la deriva; en total han salido diecisiete kilómetros, ocho de los cuales han sido de una continua ascensión a las alturas y las sensaciones que se me han quedado grabadas en la piel,o donde se graven ese tipo de cosas, han sido buenas y positivas al terminar porque un día más he tenido la inmensa suerte de poder hacer una de las dos cosas que más satisfacciones me reportan; la otra es vivir.

domingo 25 de diciembre de 2011

Durante los tres primeros kilómetros de los dieceseís que he hecho esta mañana he pasado frío, mucho frío, un frío de cojones, para decirlo de una manera clara y contundente; era subida, dirección a la montaña del Tibidabo, y la verdad es que la pendiente pronunciada no me permitía demasiadas alegrías, pero una vez he entrado en la carretera de Las Aigues y la horinzotalidad del terreno me lo ha permitido he ido aumentado paulatinamente el ritmo y  a medida que iban transcurriendo los kilómetros me he ido despojando de los guantes, la gorra y el buff, que los he dejado estratégicamente escondidos detrás de un matorral con la intención de recogerlos a la vuelta; por lo demás el resto de los kilómetros ha sido tranquilo y sin sobresaltos, sin nada digno que destacar, con la mente algo vacía de pensamientos y con el resto del cuerpo bastante suelto, alegre y contento, no por ningún motivo en especial, sino porque siempre se pone así cuando lo saco a correr y le doy un poco de vidilla; nos llevamos bien, mi cuerpo yo; nos entendemos y formamos un equipo conjuntado y sin fisuras; la cabeza es otra cosa, suele comer aparte y de tanto en tanto le entran unas neuras que la mayoría de las veces me desbordan y me desarman, pero con el paso de los años he aprendido a no hacerle mucho caso y  a aceptar sus caprichos con el mayor de los respetos.

viernes 23 de diciembre de 2011

Son las ocho y treinta y tres minutos de la tarde; hace escasamente media hora que he llegado de correr y las buenas sensaciones siguen estabilizadas en un estado que podríamos denominar de bastante aceptable; he corrido bien (setenta y cinco minutos) y me he divertido haciéndolo; las molestias (en los isquios de la pierna izquierda) que días atrás me tocaban las narices parece ser que han remitido del todo; y digo que parece ser porque estos últimos días sólo he rodado en plan tranquilo, es decir, sin hacer el burro y sin incluir cambios de ritmo; el día de y la hora hache, que seguramente será el domingo a las ocho de la mañana, ya veremos qué pasa; en otro orden de cosas, y sólo por un momento (vamos a permitirnos ese desliz) me vuelvo un poco narcicista, me miro a mí mismo y al menos en estos instantes de mi vida me gusto, me quiero y mi relación con el resto del mundo se mantiene serena y equilibrada; "no te va a durar mucho, pequeño saltamontes", oigo la voz de Manuel Binoy desde el más allá; "ya lo sé", le contesto, "siempre he vivido sin expectativas, sin esperar nada de nada ni de nadie, aceptando cada milésima de segundo como si fuera la última; así las caídas y los desengaños se deshacen como las nubes en el cielo y acaban perdiendo su fuerza y su intensidad"; bueno, familia, en este punto os dejo y aunque para mí estos días no tienen ninguna significación especial os deseo salud y felices fiestas.

jueves 22 de diciembre de 2011

Después de siete meses de silencio las palabras vuelven a aparecer en éstas páginas; es el mismo sitio de siempre, pero con diferente nombre; Manuel Binoy, que en paz descanse, dejó el listón muy alto; soy consciente de que nunca llegaré a estar a su altura; tampoco lo pretendo, la verdad; intentaré ser fiel a mis propias pautas de conducta y mi única finalidad será ir dejando constancia de mis entrenos y de mis sensaciones ante el hecho de correr y de vivir, dos actividades muy diferentes, pero del todo complementarias, fundamentales para ir manteniendo, día tras día, mi estabilidad tanto física como emocional; y para empezar quiero dejar constancia de que el entreno de hoy ha consistido en noventa minutos de rodaje tranquilo a la espera de que las ligeras molestias que últimamente estoy sufriendo en los isquios de la pierna izquierda vayan remitiendo poco a poco y en un futuro no muy lejano me permitan aumentar la intensidad de mis salidas.